lunes, 7 de febrero de 2011

De las paradojas, de las lágrimas perdidas, de las prioridades.

Qué malo es pensar, y que esos pensamientos hagan que a veces me sienta en el limbo. En el limbo de los sentimientos, atrapada en un extraño vacío que me deja un peculiar sabor de boca del no saber qué hacer o cómo reaccionar. Cuántas veces anhelo haber nacido con la capacidad de desconectar los sentimientos y aislarme del mundo y de todo lo que hace daño cuando no soportara más. Cuando hay uno de esos días para olvidar sin duda alguna. Cuando sientes un desgarrador dolor al estar cerca de la persona que amas y a la vez sentirla a miles de kilómetros de distancia o, más en concreto, sentirte al lado de un desconocido. Cuando sientes que no vales nada, que no importas nada, que hagas lo que hagas, nada va a surtir efecto y, si llegase a surtir alguno, siempre sería para peor. Cuando sientes que hablas pero que tus palabras son mudas e ineficaces. Que nadie te oye, que nadie te ve, casi podría decirse que ni existes. Amargo sentimiento el del desconsuelo, el de no saber a quién recurrir, el más aterrador sentimiento de impotencia y soledad ante la situación dada. El sentimiento de sufrir la indiferencia de la persona a la que oyes respirar a tan sólo un metro de distancia, dos, a lo sumo. Y tus lágrimas caen al oscuro infinito, como siempre jugando titilantes en la punta de tu nariz, y a nadie le importa. Cuando son articuladas por una boca deliciosa palabras frías como el témpano que te atraviesan el corazón. Y es cuando te planteas la importancia del momento… y de las prioridades. De la maldita convivencia que a veces no parece otra cosa que un infierno que te abrasa y te tortura sin una triste escapatoria. Y agonizas en la espera, deseando que se acerque a ti como para demostrarte que sí que te quiere o le importas y no hay respuesta. Que al final quien tiene que dar el primer paso del acercamiento eres tú, pese a que apenas tienes fuerza ni para sostener tu propio peso y la cama en la que te has cobijado no es sino una maraña de tela que te atrapa y te asfixia y no te da el consuelo del descanso y del sueño que has ido buscando. Lo odio. Odio pensar en estas cosas. Odio tener sentimientos. Odio ser tan sensible a ellos. Que todo lo que me rodea me haga sentir al más leve movimiento un dolor punzante que me atraviesa como un puñal las entrañas. Y estos pensamientos me paralizan. No sé qué hacer. Si dar un paso adelante o un paso atrás. Si abrir la boca otra vez, o permanecer en silencio esperando el momento final o el momento siguiente, no lo sé.

Y cuando menos lo esperas, cuando has ido a buscar refugio en los brazos de aquél que te hiere, esa persona responde y te sientes aliviada. ¿Cómo es posible eso? ¿Cómo encontrar descanso en el pecho del que ha herido el tuyo propio? No lo sé, no entiendo nada. Y al día siguiente nada, salvo tus ojos hinchados por llorar con amargura durante horas, hace sospechar que ayer fue un día que te gustaría rebobinar para rehacerlo de nuevo o dejarlo caer en el abismo del olvido para siempre. Todo parece igual que siempre, sólo que más tranquilo. Tú aún abatida y él tratándote con ternura. Maldita paradoja. Llena de ellas está la puta vida.

4 comentarios:

Ricardette dijo...

Como siempre,leer tu relato es mirar por el cristal de la vida.Resulta desgarradoramente esclarecedor leerte.Te diré que sí que existes,así me lo dicta el sentimiento que hacia ti tengo.También,que los sentimientos sazonan la existencia,pero a veces puede sabernos amargo si nos excedemos con esta especia...

De todas formas,has de saber que mi apoyo está contigo,que si quieres llorar conmigo,tienes un hombro preparado para la ocasión.Eso sí...sonríe,al menos un poquito,y suma alegrías,por pequeñas que sean...

Paso a paso.Un abrazo muy fuerte, hermanita

Pozo dijo...

Palmurria!!!! La verdad es que es un asco que muchas veces no podamos desconectar para dejar de sentir, o que podamos caer en la bendición que es la ignorancia muchas veces.

Pero tenemos sentimientos, tenemos ojos, oídos, corazón. Los tenemos y, aunque hay veces que corremos el peligro de sufrir demasiado por ellos, la verdad es que sin esos sentimientos tampoco podríamos apreciar la amistad, la familia, el amor.

Es un precio que hay que pagar, sufrimos porque tenemos la capacidad de amar, son las dos caras de la moneda. Y, dicho sea de paso, la vida (por llamarlo de alguna manera) siempre sabe cómo compensarnos, si aprendemos a sacar lo bueno de entre la basura.

Aprovecho para dejarte el link de una entrada de mi pajarería de hace tiempo que es posible que te venga bien cuando estés esperando el sol en otra ocasión.

http://pajareria.blogspot.com/2009/10/las-estrellas.html

Un besito princesa!

dRiAdA dijo...

Hola escribes chevre:)....sin rodeos solo q lo piensas y sientes ...esta bueno:)enserio....a mi me encanta escribir tambine te invito ami blog:) ...besos

Nurkia dijo...

Hola me ha encantado tu blog, un saludo desde San Diego, Ca.