martes, 22 de marzo de 2011

Idiotas

Idiotas. Es la palabra que retumba violentamente en mi cráneo. Somos idiotas los seres humanos. Hacemos daño a nuestros semejantes con el único fin de... ni siquiera sé cuál es ese fin. Nos mueven sentimientos de rabia, de odio, de prepotencia, de tristeza que lo único que consiguen es que saquemos nuestra cara más fea y la mostremos a aquellos a quienes más amamos. ¡Pero qué idiotas! ¡Qué manera de desgastarnos los unos a los otros rompiendo cosas tan hermosas como el vínculo que nos une a alguien! Me da tanta rabia, no os hacéis una idea de cuánta. Reflexiono en soledad y miro hacia el pasado. Recuerdo situaciones que viví movida por una espiral de sentimientos que me vapuleaban de un lado para otro sin permitirme pensar con claridad y saber qué es lo que estaba haciendo. Recuerdo con dolor en lo más profundo de mi alma el daño que he hecho a tantas personas, las consecuencias que mis actos me están trayendo... Qué tontos somos, de verdad. Cuando uno se queda solo se da cuenta de todas estas cosas y yo, personalmente, hay demasiadas cosas que hice que no entiendo. ¿Qué fue lo que me movió para escribir aquel mensaje cargado de ira y luego tener el valor de enviarlo? ¿Qué fue lo que hizo que dijera aquellas palabras de doble filo siendo consciente del daño que podrían causar? ¿Por qué somos así? Hay quien dice que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho a lo largo de su vida; bueno, pues yo sí. Yo sí que me arrepiento de haber causado sufrimiento y haber provocado a ira a la gente que amo. Sí, me arrepiento. Así que desde mi buhardilla hoy le quiero dar las gracias a todos aquellos que me queréis, a todos aquellos que me habéis soportado en momentos de crisis y quiero pedir perdón a todo aquél al que en algún momento haya podido ocasionarle el mínimo dolor. Lo siento, de verdad. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

lunes, 7 de febrero de 2011

De las paradojas, de las lágrimas perdidas, de las prioridades.

Qué malo es pensar, y que esos pensamientos hagan que a veces me sienta en el limbo. En el limbo de los sentimientos, atrapada en un extraño vacío que me deja un peculiar sabor de boca del no saber qué hacer o cómo reaccionar. Cuántas veces anhelo haber nacido con la capacidad de desconectar los sentimientos y aislarme del mundo y de todo lo que hace daño cuando no soportara más. Cuando hay uno de esos días para olvidar sin duda alguna. Cuando sientes un desgarrador dolor al estar cerca de la persona que amas y a la vez sentirla a miles de kilómetros de distancia o, más en concreto, sentirte al lado de un desconocido. Cuando sientes que no vales nada, que no importas nada, que hagas lo que hagas, nada va a surtir efecto y, si llegase a surtir alguno, siempre sería para peor. Cuando sientes que hablas pero que tus palabras son mudas e ineficaces. Que nadie te oye, que nadie te ve, casi podría decirse que ni existes. Amargo sentimiento el del desconsuelo, el de no saber a quién recurrir, el más aterrador sentimiento de impotencia y soledad ante la situación dada. El sentimiento de sufrir la indiferencia de la persona a la que oyes respirar a tan sólo un metro de distancia, dos, a lo sumo. Y tus lágrimas caen al oscuro infinito, como siempre jugando titilantes en la punta de tu nariz, y a nadie le importa. Cuando son articuladas por una boca deliciosa palabras frías como el témpano que te atraviesan el corazón. Y es cuando te planteas la importancia del momento… y de las prioridades. De la maldita convivencia que a veces no parece otra cosa que un infierno que te abrasa y te tortura sin una triste escapatoria. Y agonizas en la espera, deseando que se acerque a ti como para demostrarte que sí que te quiere o le importas y no hay respuesta. Que al final quien tiene que dar el primer paso del acercamiento eres tú, pese a que apenas tienes fuerza ni para sostener tu propio peso y la cama en la que te has cobijado no es sino una maraña de tela que te atrapa y te asfixia y no te da el consuelo del descanso y del sueño que has ido buscando. Lo odio. Odio pensar en estas cosas. Odio tener sentimientos. Odio ser tan sensible a ellos. Que todo lo que me rodea me haga sentir al más leve movimiento un dolor punzante que me atraviesa como un puñal las entrañas. Y estos pensamientos me paralizan. No sé qué hacer. Si dar un paso adelante o un paso atrás. Si abrir la boca otra vez, o permanecer en silencio esperando el momento final o el momento siguiente, no lo sé.

Y cuando menos lo esperas, cuando has ido a buscar refugio en los brazos de aquél que te hiere, esa persona responde y te sientes aliviada. ¿Cómo es posible eso? ¿Cómo encontrar descanso en el pecho del que ha herido el tuyo propio? No lo sé, no entiendo nada. Y al día siguiente nada, salvo tus ojos hinchados por llorar con amargura durante horas, hace sospechar que ayer fue un día que te gustaría rebobinar para rehacerlo de nuevo o dejarlo caer en el abismo del olvido para siempre. Todo parece igual que siempre, sólo que más tranquilo. Tú aún abatida y él tratándote con ternura. Maldita paradoja. Llena de ellas está la puta vida.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Se oye un respirar agitado, entrecortado, muy intenso. De repente un golpe seco. Como un peso muerto que cae a la profundidad del océano. Es ella, se ha caído. No la socorráis, dejadla al menos un momento de silencio en la quietud de las aguas. No va a hundirse eternamente, siempre logra salir a flote, aunque sólo sea asomando la naricilla. Ha desfallecido por toda la presión que el mundo en el que vive ejerce sobre ella. Estaba cerca el momento en que explotaría. Dejadla respirar, dejadla respirar tranquila.

martes, 16 de noviembre de 2010

[@work16/11/10]

Tumbada sobre el césped fresco de la mañana, dejo que las briznas de hierba me hagan cosquillas en los pies. Es una sensación realmente agradable. Me siento desconectada del mundanal ruido y el olor a rocío acaricia mis sentidos. Sintiéndome libre de todo y de todos, dejo volar mi imaginación cuando lo que me rodea no hace otra cosa que agobiarme y, mentalmente, me dibujo [en esta ocasión] echada sobre el verde de un prado en las montañas, lejos de toda civilización apabullante. ¿Una de tantas vía de escape? Es posible, pero no encuentro nada más relajante que imaginarme en uno de estos lugares de mi infancia donde no tenía preocupaciones de ningún tipo. A veces me pregunto qué sería del ser humano sin tener la capacidad de evadirse con el simple hecho de cerrar los ojos y evocar algún lugar mejor; o peor aún, sin tener la capacidad de soñar. Ya sé que soy mayor (o que ya es hora de serlo), mi día a día me lo recuerda constantemente, pero me niego en rotundo a renunciar a tener pensamientos tontos [¿o no tan tontos?] de niña pequeña, tal como desear que los reyes magos me traigan una muñeca; o por ejemplo, imaginar que algún día cumpliré el [repetido] sueño de desplegar los brazos, y volar muy muy alto acariciando a mi paso las nubes de algodón. Y tú, ¿has renunciado a soñar o por el contrario estás de acuerdo con la frase de aquel loco escritor que dijo... "Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños."?

martes, 2 de noviembre de 2010

Estoy aquí

Estoy aquí, ¿no me ves? Tan cerquita de tu corazón, que su latido es casi mío. Estoy aquí, a tu lado, para ser felices para siempre. Estoy aquí, dándote mi respirar, para cuando necesites un poco de mi oxígeno. Estoy aquí porque un día decidí amarte fuerte y ser tu complemento. Estoy aquí, y a veces parece que soy invisible a tus ojos, pero si extiendes la mano sentirás el calor de la mía, que se entrelaza con la tuya con toda la fuerza que me es posible. No estás solo [y no estoy sola], estoy aquí, contigo. Para ser tuya y hacerte más grande. Para darte mi amor como nutriente esencial para tu alma. Para abrazarte fuerte cuando tengas frío y dejarte reposar en mi pecho cuando te fatigues en el camino. Estoy aquí, para ti, porque te quiero casi desde la primera vez que tus labios rozaron los míos. Estoy aquí. En lo bueno y en lo malo, estoy aquí. [Abrázame fuerte...]

lunes, 18 de octubre de 2010

Sobrevolando mi alma vi...

Saliendo fuera de la realidad que me rodea, me pregunto si realmente ésta es la vida que quiero... Si después de haber luchado tanto en la vida por mis sueños, he llegado a conseguir alguno; si soy feliz como predico a menudo, o si quiero continuar con este ritmo mucho tiempo más... A veces siento que me agoto y que no hago nada bien, las ganas y las energías se me desinflan y me siento perdida en un mar de dudas que no me dejan ni siquiera descansar por las noches. Como aquella doncella perdida en un denso bosque, donde criaturas místicas la observan mientras busca un claro de luz donde reorientarse. Supongo que es un pensamiento pasajero, un sentimiento fugaz que tal como vino se irá, pero es tan intenso que hace que me replantee mi vida entera. No soportaría llegar a la conclusión de que vivo como un pájaro encerrado en una jaula. Nací para sentirme libre. Para desplegar mis alas y volar tan alto como quisiera. Y eso es justo lo que voy a hacer.

sábado, 28 de agosto de 2010

Living Miami Beach

Luces de colores. Olor a hamburguesa. Calor que se adhiere a los cinco sentidos. Silencio roto por rugidos de lujosos coches. Un demenciado caminando hablando con quién-sabe-quién pasa por mi lado y me estremezco. Dos calles más allá, unas chicas despampanantes montadas en unas sandalias de vértigo, ríen esperpénticamente para llamar la atención de dos cachas que caminan por su lado. Contrastes y más contrastes. Miles de sensaciones impactan contra mí y se graban en mi cabeza. Sé que volveré a casa y tendré un amplio álbum de imágenes, sabores, olores y sonidos que poco a poco pasarán al plano de recuerdos. En las islas de la bahía, las casas más lujosas; a menos de dos millas, la pequeña Habana y el pequeño Haití, barrios humildes tintados de sucesos violentos. Contrastes. Dios, no pensaba que esto iba a ser así de extremo. O te encanta, o hay momentos que te repudia pisar sus calles y te revuelve el estómago el olor que llega de las traseras de las calles principales. En Ocean Drive, una deliciosa langosta con un mojito por $120, y dos calles más adentro, una grasienta hamburguesa por menos de $5. Contrastes.


Cambiando completamente de tema, se me hace casi obligatorio mencionar que en medio de este mar de vivencias, me quedo con el vínculo fortalecido con mi compañero de viaje... y de vida. Con sus dulces caricias y sus palabras. Con su mano protectora mientras paseamos por las calles de Miami Beach. Con sus besos de buenos días y su contacto mínimo pero suficiente a la hora de dormir. Descubro que con él a mi lado, pese a estar lejos de casa y sintiendo el deseo de volver a mi tierra, la sensación de añoro se hace llevadera, hasta placentera por momentos. Un nuevo contraste. Un nuevo sentimiento contrariado.

Volviendo a esta ciudad, aquí no existe el punto medio, todo va de arriba a abajo como los loops de una montaña rusa. Resumiendo: vacaciones inolvidables, mágicas y llenas de una amplia gama de sabores al lado de la persona más importante para ti... ¿se puede pedir algo más? Welcome to Miami/ Bienvenidos a Miami. :)