domingo, 19 de octubre de 2008

No sé escribir

No sé escribir. Mis dedos se deslizan por el teclado mientras yo, inconsciente de ello, pienso en ti. Y en todo lo que me has dado. Pienso en nosotros, y mis dedos siguen bailando entre las letras, y egoístamente pienso en mí. No me gusta el día de hoy. Me he levantado triste y no sé por qué. Tal vez sea porque te vas una semana más y me quedo aquí sola, o tal vez sea porque no me gusta la vida que llevo sabiendo que podría haber sido mucho mejor. No sé explicar hoy lo que me pasa, pero la angustia me oprime el pecho y mis lágrimas luchan por bajar la ladera de mis mejillas hasta precipitarse al vacío. Mi perro viene a verme, parece que oliera mi tristeza e intentara animarme lamiéndome la mano. Qué vida esta, tan compleja. Me agobia la vida y a la vez me apetece vivirla. Estoy loca, sí, totalmente. Me encuentro en un torbellino de sentimientos que me lleva de allá para acá sin ningún tipo de sentido ni lógica. Pienso en ti, pienso en mí, pienso en nosotros y en mi vida y mis dedos siguen su danza, a veces sin darles tiempo a teclear tan rápido, porque mi mente está tan revuelta que no doy a basto para poder explicarlo con meras palabras. Por eso, hoy, no sé escribir.

viernes, 10 de octubre de 2008

No voy a rendirme

Hay dolores en la vida que son tremendamente fuertes. Para mí, en este día, el más doloroso de ellos es el del corazón. Cuando está en tus manos la opción de rendirte o la opción de luchar; la opción de esconderte o la opción de sacar la espada de la valentía y afrontar con valor lo que se avecina, por mucho que duela; la opción de suplicar y dejar de lado el amor propio porque lo que más te importa no eres tú mismo o la opción de poner la coraza del orgullo y que te resbale todo lo demás. No es para mí factible la opción de rendirse, no, aunque duela, aunque me provoque las lágrimas más amargas esperarte, aunque me cierres la puerta y me dejes en la calle. Desde aquí le grito al mundo que NO VOY A RENDIRME. Te elegí y me elegiste, nos prendimos el uno del otro y pusimos nuestros corazones el uno en la mano del otro. No voy a rendirme. Porque me haces feliz por muchos problemas que tenga en la vida y porque, aunque no puedes solucionarlos y a veces no me entiendas, estás ahí, a mi ladito y no me dejas sola, aunque te enfades porque soy cobarde y me escondo para que no me duela. No voy a rendirme. Porque aportas esa brisa fresca que mi oscuro corazón necesita para respirar, porque me has devuelto la vida, porque me has enseñado lo que es amar por encima del sufrimiento, porque contigo me siento completa. No voy a rendirme. Y si hace falta recorreré tierras y océanos para ir a buscarte si me necesitas; y porque si me lo pides, subo al cielo y te doy la luna si es lo que quieres. Pero sabe, amor mío, que no voy a rendirme. Aunque no me queden fuerzas y tenga que arrastrarme para sacar del fango la situación que intenta hundirnos a los dos y separarnos para siempre. No voy a rendirme. Ya sea que soplen los más rabiosos vientos de discordia y confusión, de agobio y de desolación, pero no, no quiero, aún me sobran fuerzas por muchas heridas que tenga, no voy a rendirme. Porque te amo por encima de la más alta estrella, porque aunque seamos diferentes tú aportas a mi vida un luz cálida y tenue que me hace seguir hacia delante y me guía cuando estoy perdida. No, mi cielo, no, que se te quite de la cabeza que por muchos miedos que tenga y porque aún me duela y haga daño el pasado, no voy a rendirme. Tú eres todo lo que me importa. Tú eres lo más preciado que poseo. Tú eres lo mejor que me ha pasado en lo que llevo de vida, tú, ¿entiendes? tú y nadie más. Por eso, por todas estas cosas y todas las que no escriba en este texto, por ti, porque te amo, lo repito, sí, TE AMO, porque sin ti nada tendría sentido; por todas estas cosas, desde aquí proclamo que no voy a rendirme. Salga el sol por donde quiera, tengo claro lo que quiero, que eres tú y tengo claro lo que voy a hacer y lo repito por enésima vez: no voy a rendirme.


jueves, 9 de octubre de 2008

¿Inesperado adiós?

"Aparece joven de 27 años estrangulada en un callejón cercano a Main St." decía el periódico local aquella mañana de diciembre...


[Unas horas antes]

'No puede ser', se dice Stephanie a sí misma, 'he vuelto a caer.' Un mechón de pelo cae sobre su cara, 'Pensé que lo había conseguido', y cabizbaja se tira al frío suelo de su cuarto dirigiendo al techo una mirada perdida. Meses antes Stephanie Clayton había salido de una terrible época de depresiones y ansiedad provocadas por su ruptura con Cole. Con el paso del tiempo había vuelto a ser la chica alegre y risueña que era antes de que todo sucediera. Sin embargo, hacía unas semanas que las pesadillas habían vuelto y la noche volvió a ser la carcelera que le entregaba a esos fatales sueños de los que despertaba con la nuca empapada en sudor en medio de la noche. Lo peor de todo, es que no sabía por qué podría estar ocurriendo de nuevo. ¿Tal vez el nuevo trabajo en un sitio en el que estaba totalmente sola? Tal vez. El puesto que le habían asignado era de demasiada responsabilidad y se había agobiado muchísimo en apenas dos semanas: sentía su espalda rígida y las ganas de llorar eran cada vez más frecuentes, irritabilidad continua y ganas constantes de huir para siempre. Steph era una chica valiente, solía afrontar con aplomo lo que se le venía encima, pero el hecho de no contar con nadie para poder hablar un poco de sus pensamientos más oscuros le estaba haciendo mella. Poco tiempo atrás había conocido a John, un tío bastante majo pero con formas de pensar bastantes diferentes a las suyas. Intentaba hablar con él de esto en ocasiones, pero la conexión entre ámbos se perdía y la cosa no acababa bien. Ella no quería que la historia acabase y por eso decidió no hablar con John de estas cosas. Se quedó tumbada en el suelo durante unas horas. Esa noche, una como cualquier otra, Stephanie salió a dar un paseo por la ciudad. Sabía que era arriesgado, pero la casa se le caía encima. Llevaba toda la tarde preparando el trabajo del día siguiente y había sufrido un leve ataque de ansiedad y hacía meses que no los sufría. Esto la dejó agotada, no sabía cómo ni por qué otra vez la perseguían los viejos fantasmas. Ese mismo día por la mañana se despertó recordando lo que había soñado... 'No puede ser', se dijo Stephanie a sí misma, '¿por qué otra vez?'. Por todo esto, necesitaba un poco de aire fresco y salió a dar una vuelta. Hacía frío, acababa de llegar el invierno y aquella ciudad parecía tener instalada una factoría del frío. Cuando había caminado unos minutos, sintió que la observaban. Siguió caminando, no le importó si la seguían o no, decidió, 'Que sea lo que tenga que ser'. Al momento unas manos fuertes y huesudas se hicieron con ella y la arrastraron a un rincón de una oscura calleja. No pudo verle la cara, sólo percibió el olor a sudor atrasado y a naftalina. Aquellas manos le oprimían el cuello, poco a poco se fue quedando sin aire... Lo último que pudo pensar fue que tal vez era un poco pronto para aquel inesperado final, pero se dejó morir y descansó tranquila. Siempre supo que moriría joven y, por cínico que pueda sonar, ella pensó que la ocasión le venía que ni pintada.


martes, 7 de octubre de 2008

Ilusiones perdidas

¿Quién no se ha ilusionado alguna vez? Todo el mundo ha experimentado lo que provoca ilusionarse con algo. Cuando somos pequeños, nos ilusiona que vengan los Reyes Magos y estamos completamente alborotados la víspera porque nos traerán exquisitos regalos que tanto ansiamos. Lo malo es que a las dos semanas, ya se nos ha pasado el efecto "subidón" y ni nos acordamos de aquel estupendo regalo que nos trajeron por navidad. Y así en todas las épocas de la vida y así también en el amor. Cuando empezamos con una persona casi no podemos ni comer, ¡ay el amor!, nos quita el sueño y las ganas de estar y compartir el tiempo con nuestr@ enamorad@ son continuas e incesantes. Lo malo, nuevamente, es cuando esta ilusión se pasa. Cuando nos acostumbramos al amor y nos relajamos y ya no ponemos toda la carne en el asador. Y esto pasa, siempre pasa. Al principio nos desvivimos por demostrarle a la otra persona lo especial que es, lo mucho que nos ilusiona comenzar algo nuevo con ella, lo damos todo a cambio de nada... pero el tiempo pasa y nos vamos acostumbrando, y damos por hecho que ya no es necesario demostrar aquellas cosas que hacían sentir a nuestra pareja especial porque nos hemos acostumbrado. Para mí esto es un craso error, pienso que las relaciones hay que cuidarlas y mimarlas desde un principio hasta el final, ya que si esto no ocurre el final llegará porque una de las dos partes no puede tirar sola del carro, al fin y al cabo las relaciones son cosa de dos.

No entiendo por qué la gente pierde la ilusión, por qué se relaja, por qué da las cosas por hecho y se acomoda egoístamente. No lo entiendo. Ya me pasó una vez, mi pareja perdió la ilusión y dejó de luchar y la relación se mantuvo hasta que yo, agotada, tuve que rendirme. Las consecuencias fueron terribles, aún me duele el corazón en ocasiones. Me han quedado grandes cicatrices y miedos que arrastro y que no me dejan disfrutar de mi situación actual; aunque, ay, últimamente veo en mi relación actual trazas similares a lo que ya viví y se me estremece el corazón del miedo. Otra vez no, por favor. Y lo que más me duele, es que lo veo y se lo digo a la persona en cuestión y parece entenderme, pero las cosas siguen igual y nada cambia. Lo único que me queda entonces es pensar que si tiene que acabar, no será porque no vi lo que se venía encima y no se podrá decir que no luché, porque si algo hago en general en mi vida, es ser valiente y luchar por lo que me importa hasta que no pueda más, tenga las consecuencias que tenga. No quiero perder la ilusión. No perdáis la ilusión, es bonito moverse en la vida a través de lindas ilusiones que dejan buen sabor de boca, que te hacen flotar por encima de la realidad y te suben a un nivel desde donde las cosas se perciben de otro modo, con optimismo, con valentía, con ganas de ser feliz y disfrutar cada momento de la vida. Y vale, es cierto que si la cosa no sale bien, sea lo que sea, un trabajo, una relación amorosa, una amistad, un ordenador nuevo... el batacazo puede ser considerable, pero estuvo genial mientras duró y eso ahora mismo es lo que a mí me vale, que el hecho de encontrarme con algo que me hacía sonreír o que era algo que deseaba tener provoca una sensación de plenitud muy agradable y más o menos duradera según de lo que se trate. Por eso os animo a no perder la facultad de ilusionarse, no perdáis la inocencia de cuando somos niños de ilusionarse con pasión por pequeña que sea la historia... hacedme ese favor, luchad. Si alguien sabe por qué tenemos la sucia tendencia a relajarnos y empezar a pasar de las cosas una vez las poseemos que me lo diga, porque es algo que últimamente me inquieta.

jueves, 18 de septiembre de 2008

del Acto II, Escena II


JULIETA - ¿Cómo has entrado aquí? ¿Con qué objeto? Responde. Los muros del jardín son altos y difíciles de escalar: considera quién eres; este lugar es tu muerte si alguno de mis parientes te halla en él.

ROMEO - Con las ligeras alas de Cupido he franqueado estos muros; pues las barreras de piedra no son capaces de detener al amor: Todo lo que éste puede hacer lo osa. Tus parientes, en tal virtud, no son obstáculo para mí.

JULIETA -Si te encuentran acabarán contigo.

ROMEO - ¡Ay! Tus ojos son para mí más peligrosos que veinte espadas suyas. Dulcifica sólo tu mirada y estoy a prueba de su encono.

JULIETA - No quisiera, por cuanto hay, que ellos te vieran aquí.

ROMEO - En mi favor está el manto de la noche, que me sustrae de su vista; y con tal que me ames, poco me importa que me hallen en este sitio. Vale más que mi vida sea víctima de su odio que el que se retarde la muerte sin tu amor.

JULIETA - ¿Quién te ha guiado para llegar hasta aquí?

ROMEO - El amor, que a inquirir me impulsó el primero; él me prestó su inteligencia y yo le presté mis ojos. No entiendo de rumbos, pero, aunque estuvieses tan distante como esa extensa playa que baña el más remoto Océano, me aventuraría en pos de semejante joya.


(Romeo y Julieta, W. Shakespeare)

domingo, 14 de septiembre de 2008

Radiografía al corazón

Es fácil juzgar con los ojos vendados, sabiendo a ciencia cierta que tienes razón y no comprendes el porqué de la otra persona, y erre que erre caer en el mismo círculo vicioso siempre y llegar siempre a lo mismo, es decir, a nada. Pero el caso es que, como estás ciego, tu visión es nula o casi nula y no ves con vista panorámica la situación, con lo cual tu juicio es "correcto" de acuerdo a tu visión, pero no es el juicio correcto en verdad.

Algo así me llevaba pasando unos cinco meses con una persona a quien adoro y con quien quiero hacerme vieja ^^. Muchísimas conversaciones y horas de malos rollos y todo por no ver una parte lo que la otra veía. Y en este caso, yo era la ciega. Pero, gracias al cielo, ahora veo y ahora lo entiendo todo, aunque haya cosas que odie. Es jodido abrir el corazón a alguien para que vea lo que encierra. Es doloroso, mucho, con mis propios ojos lo he podido ver y me ha llegado al alma. Escuchar a la otra persona sin tú decir nada, sólo escuchando y a la vez ampliándose poco a poco el campo de visión, aumentándose el alcance del entendimiento de las cosas, comprendiendo todo al fin; aunque duele. Se me encoge el corazón al recordar sus palabras, al ver cómo, mientras hablaba, gestos de rabia y de dolor se dibujaban en su cara. Dejó que le radiografiara el corazón mientras hablaba y he descubierto que es una persona inmensamente especial y única. Con un tremendo fondo, profundo, sincero, delicado y precioso. Nada superficial, sino al contrario, sensible y lleno de sentimientos en lo más hondo, ahí, guardaditos con mucho cuidado hasta el día que toca sacarlos. En verdad, me he sentido así como sorprendida un tanto "engañada", porque no me esperaba un corazón de tal magnitud. [¿Por qué lo escondías?] Si estaba enamorada, lo que he vivido hoy ha hecho que ahora esté doblemente enamorada (mucho pastel, ya, pero es lo que hay). Y se lo agradezco profundamente, y públicamente le pido perdón por mi tozudez y mi terquedad todo este tiempo; y por no haber sabido comprender las cosas, aunque también es cierto que ahora veo y lo entiendo; pero tenía que decirle aquí en mi rinconcito que lo siento y que me perdone. Y también que estoy aquí, [utilízame] para todo, donde sea y como sea a su entera disposición y, valga la redundancia, dispuesta a amarle por el fin de los días. [Nunca estarás solo.]


martes, 2 de septiembre de 2008

(sin título [II] )

Mientras caminaba, a veces poseído por la desesperanza, a veces poseído por la esperanza, vio (o más bien le pareció ver) en la distancia un claro entre la espesura de los árboles. La tibieza de una luz le acarició el ánimo, así que apresuró el paso hacia allí. Era de noche, creyó, pues una claridad como de luna se percibía cada vez más intensa. 'Las estrellas', pensó, 'Tal vez pueda ver las estrellas' y un ardiente júbilo le hizo entrar en calor las articulaciones fatigadas en medio de aquel bosque húmedo y siniestro y nada hubiera sido capaz de detenerle hasta alcanzar su objetivo. ¿Era eso lo que en principio estaba buscando? Su corazón palpitaba con más fuerza a medida que se acercaba al objetivo divisado, al fin sentía algo de alegría, algo de sentimiento positivo. Cuando le quedaban poco más que unos pasos para llegar se detuvo y tomó aire. Se preguntaba cómo sería el cielo de la noche, ya casi lo había olvidado... De repente, un dolor intenso provocó que sus piernas no pudieran sostener el peso del cuerpo y cayó al suelo. 'No, ¡ahora no!', estaba a unos pasos de alcanzar el claro, y supo de inmediato qué era lo que había provocado aquel dolor: aquélla que le había dado tanta ventaja, aquélla que sabiendo que tenía la victoria asegurada, le había dado dejado avanzar en su camino. 'Pues no me pienso rendir' se dijo a sí mismo, aunque pronunció las palabras en un susurro para que la Muerte le escuchara desde su escondite próximo. Y luchando, se arrastraba fatigado hacia la luz, y al fin las vio. Vio el cielo en su esplendor, limitado únicamente por el círculo de árboles. Vio las estrellas brillando allí a lo lejos pero a la vez tan cercanas, y vio a la Luna, muy pequeña y medio escondida, con su encanto mágico iluminando la noche. Al momento lo supo, sí, era éso lo que tanto había ansiado caminando sin rumbo por el bosque, se sintió pleno por primera vez en todo el tiempo de su viaje. Si la Muerte quería darle alcance, podía hacerlo ya; ya no importaba nada, pues la visión que tenía ante sus ojos jamás podría ser olvidada, se grabaría a fuego en su corazón y allí quedaría para siempre, vivo o no. Así que cerró los ojos y relajó el cuerpo. Ya no sentía ni el dolor siquiera. Los abrió de nuevo y poco a poco se fue quedando dormido y en paz. Se sintió libre al fin. 'Misión cumplida' dijo. Y descansó.